miércoles - julio 15, 2020

Unidad detrás de la ciencia

En el momento de escribir esto, el mundo contiene su respiración con ansias. La pandemia global de COVID 19, la enfermedad por coronavirus, afecta a muchas personas infectadas y preocupadas en todo el mundo.

Innumerables médicos, enfermeras y trabajadores sanitarios trabajan sin descanso sobre el terreno. Los gobiernos se encuentran en situación de alerta máxima para controlar la situación y están recibiendo asesoramiento de expertos científicos que están aprendiendo sobre la marcha. Las empresas relacionadas con la atención sanitaria, como Bayer, también están en contacto constante con las autoridades de todo el mundo y brindan su apoyo siempre que es posible.

 

Todavía es demasiado pronto para aprender de esta pandemia global dado que seguimos inmersos en ella, pero creo que existe un asunto más amplio que debe abordarse y me gustaría instar a que lleguemos a un acuerdo compartido. Me refiero a una inquietante tendencia en los últimos años que ha debilitado la confianza en la ciencia y en el papel de los expertos en general.

 

«Durante muchos años, el negacionismo científico ha frenado la acción»

 

En el contexto del coronavirus, hace apenas unos días el New York Times lo expresó de la siguiente manera: «Los fracasos en la contención del brote y en la comprensión de la magnitud y del alcance de la amenaza derivan de la escasez de inversiones y de la infravaloración de la ciencia más básica».

 

Durante muchos años, el negacionismo científico ha frenado la acción. Hoy en día, hay un consenso científico sobre la causa y el efecto del cambio climático. Apenas el año pasado se estableció un respaldo científico similar sobre la pérdida de la biodiversidad.

 

 

Bayer es una empresa líder en salud y agricultura que se basa en los descubrimientos científicos. En total, los 5300 millones de euros anuales que invertimos en I+D nos sitúan entre las cinco primeras empresas alemanas y en las primeras 25 del mundo.

 

Bayer da empleo a más de 18 000 investigadores y participa en unas 8000 asociaciones científicas con terceros cada año. El objetivo en nuestro lema, «Ciencia para una vida mejor», solo puede hacerse realidad si nos convertimos en un socio bienvenido en la comunidad científica.

 

Dados los enormes desafíos mundiales en salud pública y sistemas alimentarios, y los causados por una economía que ha excedido durante mucho tiempo los límites del planeta, solo un enfoque implacable en la innovación puede ayudar a la humanidad a encontrar y establecer las soluciones que proporcionarán el camino hacia adelante. En 2018, las 50 corporaciones principales del mundo invirtieron más de 310 mil millones de euros en I+D.

Falta de confianza en la ciencia: ¿cómo se ha llegado a este punto?

 

El gran dilema es que, si bien se necesitan con urgencia innovación y progreso científico, la confianza en la ciencia disminuye cada vez más. Veo tres tendencias principales que contribuyen a esta preocupante situación:

 

La primera es que vivimos en un momento en el que las personas confían en sus pares en lugar de en los expertos y en el que las nuevas tecnologías para la comunicación estimulan el intercambio de información falsa mucho más que el de hechos científicamente demostrados. Un ejemplo aterrador de esto es el creciente escepticismo hacia las vacunas.

 

Espero que la COVID-19 revierta esta tendencia. En este contexto, es estupendo ver cómo expertos reconocidos en sus campos recuperan la atención del público, como Chen Wei, la viróloga china de 54 años que toma como punto de partida el conocimiento y las habilidades que obtuvo luchando contra el síndrome respiratorio agudo grave (SRAG) y el Ébola, Christian Drosten, el director del Instituto de Virología del hospital Charité de Berlín o, en Estados Unidos, el director del Instituto Nacional de Alergias y Enfermedades Infecciosas Anthony S. Fauci, otro veterano de la crisis del Ébola.

 

En segundo lugar, el sector necesita confrontar su historia bien documentada de socavar sistemáticamente los descubrimientos científicos para posponer el enfrentamiento, habitualmente desagradable, con la verdad. Debido a esa negación de la realidad, los sectores y las corporaciones individuales han pagado un precio. Sin embargo, el coste más alto deriva de la pérdida de confianza en la ciencia de la que dependen estas empresas.

 

En tercer lugar, la comunidad científica cae también en esa trampa. Un ejemplo de ello es cuando se convierte en portavoz del activismo y presenta los descubrimientos científicos como una verdad absoluta, aunque se carezca de consenso científico general o la reproducibilidad sea baja.

 

De estas tendencias han surgido distintas narrativas que reducen la confianza en la ciencia:

  • El punto de vista de la izquierda: no se puede confiar en la ciencia, porque está financiada por la industria y, por lo tanto, los resultados están sesgados. 
  • El punto de vista de la derecha: no se puede confiar en la ciencia, porque la comunidad científica es una comunidad con tendencias de izquierdas que obtiene resultados sesgados por una cultura única intelectual. 
  • La visión de ambas: no se puede confiar en una ideología que impulse demasiado la tecnología en nombre de la ciencia porque choca con una visión romántica del mundo o con las creencias religiosas.

 

En un clima en el que los expertos se tienen cada vez menos en cuenta, los organismos reguladores se están enfrentando ahora a una presión igualmente fuerte. Tanto la industria como los activistas deben comprender lo inútiles que son algunas de las tácticas actuales para la sociedad.

 

 

Se necesita un nuevo contrato social

 

Existe una amplia mayoría social que apoya la innovación para transformar la forma en que producimos, consumimos y vivimos en este planeta. La función de los organismos reguladores es decidir en qué medida pueden las empresas pueden convertir la innovación en productos que creen valor. Todos deberían estar interesados en fortalecer la ciencia en el contexto de este proceso.

 

Necesitamos un impulso social de la innovación que ayude a abordar los mayores desafíos de nuestro tiempo. Debemos superar la crecienteinquietud social en relación con la colaboración entre la comunidad científica y la industria en el campo científico. El mundo solo tendrá la oportunidad de alcanzar los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la Agenda 2030 de las Naciones Unidas si se restablece la confianza en la ciencia.

 

Se necesita un nuevo contrato social, en el que se establezca que la industria debe aceptar verdades incómodas acerca de las limitaciones de su libertad para funcionar, con una mayor conciencia de los innegables límites del planeta. Por su parte, otras partes interesadas de la sociedad deben confiar en las evaluaciones de los riesgos basadas en la ciencia que permitan la innovación.